Los Primeros Automotores de Nicaragua - Memorias de José Francisco Borgen

Cuando yo viajaba del barrio San Jacinto a la escuela del Hermano Jaime veía en un patio abierto y montañoso aledaño a los llamados patios de Frixione, un carro de extraña estructura, que parecía olvidado allí.


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Cuando yo viajaba del barrio San Jacinto a la escuela del Hermano Jaime veía en un patio abierto y montañoso aledaño a los llamados patios de Frixione, un carro de extraña estructura, que parecía olvidado allí.

El piso o lecho de ese vehículo en mi recuerdo lo veo más elevado que el de las actuales camionetas comerciales, casi tanto como el de los grandes camiones de carga. Sobre él se alzaban dos o tres compartimientos con capacidad para dos o tres pasajeros cada uno. Junto al primer compartimiento, hacia el frente, surgía del piso el timón enorme. El carro no tenía capota. Una o dos veces cruzó frente a mi casa, lleno de gente, atronando de tal modo que irremediablemente forzada la salida de todas las caras del barrio, apretujadas en las puertas y en las esquinas, para verlo pasar. Era como uno de esos armatostes que hemos visto en algunas películas de Chaplin y de Cantinflas y que nos parecen de tiempos más remotos de los que en realidad son.

Se me decía entonces que era ese el primer carro automotor que había habido en Nicaragua, traído por y para uso del Presidente Zelaya, a principios del siglo. Cuando yo le conocí año 1917 – 1918 era propiedad de don Lázaro Parodi, honrado inmigrante italiano que en la parte nor-occidental de Managua, trabajaba su fábrica de ladrillos de cemento.

Don Lázaro fue padre, entre otros, de Ambrosio y Mario Parodi, este último buen amigo y compañero mío de colegio. Ambrosio era contador del vapor Victoria bajo la administración conservadora de don Adolfo Díaz. De allí fue traído por el presidente liberal Gral. José María Moncada en 1929,  a la Dirección judicatura de Policía de Managua, donde era visitado por amigos míos que habían sido compañeros suyos de trabajo en el Ferrocarril, empresa a la cual pertenecía el vapor mencionado; y fue así como llegué a conocerlo. Me di cuenta ahí de sus cualidades humanas: era campechano, amable, servicial y además, ecuánime en sus obligadas relaciones con el público.

Cuando los yanquis abandonaron el país en 1932, abandonando también, en consecuencia, la dirección y manejo de la Guardia Nacional creada por ellos en sustitución del ejército y la antigua policía, Ambrosio vino a figurar entre la oficialidad escogida por los directivos de los partidos históricos entre civiles de más o menos significación, en el intento de hacer del nuevo cuerpo una institución apolítica. Se le dio el grado de capitán.

Nombrado más tarde comandante de Matagalpa, fue elemento clave él era, ante todo, “buen” liberal en la derrota del Gral. Emiliano Chamorro como candidato a la reelección como Senador pues había sido electo la primera vez en 1929 por aquel departamento donde la ciudadanía era, y sospecho que sigue siéndole, abrumadoramente conservadora y específicamente chamorrista. El Gral. Somoza García, jefe de la Guardia Nacional, había ofrecido a Chamorro la absoluta imparcialidad del cuerpo armado en esa elección, pues trataba de atraérselo en apoyo de sus aspiraciones dictatoriales, ya francamente manifestadas por aquel año (1934). Cambió de opinión, al parecer temeroso de no tenerlas todas consigo con Emiliano.

Somoza García, ya Presidente de la República, trasladó a Ambrosio de Matagalpa a Masaya. Y como sucedía dondequiera que se presentaba, el nuevo comandante se ganó pronto las simpatías generales de las gentes de la ciudad de las flores. Era él, como he dicho, amable, campechano, servicial y, además, hombre de ingenio, lo que llamamos en el habla nicaragüense, “chilero”. En aquella población le dieron cierta vez un homenaje, durante el cual dicen que a alguien se le ocurrió proponerle para la primera magistratura del país. Cayó en desgracia. Fue separado de la fuerza armada, inquietado y maltratado.

Sus hijos crecieron bajo ese clima de incertidumbre y ya hombres se fueron a la oposición, Uno de ellos, Silvio, fue asesinado durante la sangrienta campaña electoral de 1966, que llevó al poder al Gral. Anastasio Somoza Debayle.

¡Cosa terrible los celos de los dictadores! La historia universal está llena de injusticia, crímenes y toda clase de monstruosidades a causa de esos celos, originados casi siempre en simples sospechas o en delaciones de interesados en destruir a los favoritos de turno. Y en Centroamérica, el maestro de maestros en esa clase de acciones ha sido y sigue Justo Rufino Barrios, el “reformador” de Guatemala.

Barrios tuvo un Ministro de Gobernación de toda su confianza uno de tantos cuyo nombre no iré a buscar en los libros de historia en este momento. Su Ministro de Guerra era un general creo que se llamaba Solares que había sido el verdadero artífice de la victoria del dictador en su primer conflicto bélico con El Salvador. Solares invadió desde Honduras  el territorio salvadoreño y destrozó a los cuscatlecos cerca de San Miguel. Barrios, que había entrado simultáneamente por el accidente, doblegó así con facilidad al enemigo. Fue cuando impuso en la presidenta del país vencido al Dr. Zaldívar, después de una “elección” de tipo eminentemente liberal.

Justo Rufino tenía celos de su Ministro de la Guerra y no hallaba pretexto para deshacerse de él. Un día, sorpresivamente, comenzó a hablar de cansancio, de lo mucho que había trabajado por el bien de sus conciudadanos, de que pensaba renunciar, retirarse a la vida privada. Llamando a su Ministro de Gobernación, le preguntó a quién le parecía que debía entregar el poder. El Ministro contestó en la forma que era de esperarse: que eso no podía ser que él (Barrios) era indispensable para que la reforma siguiera su curso, etc. Barrios, cada tanto tiempo insistía en que quería retirarse. El Ministro seguía rechazando la idea. Pero a la larga, ante tanta insistencia, cayó en la trampa. “Pues si esa es su voluntad, nadie mejor que el Gral. Solares para sucederle”, dijo.

Era todo lo que necesitaba el dictador. Los dos ministros se vieron de pronto en la cárcel. Fueron puestos entre los reos comunes. Vestidos como tales los vecinos vieron a los hasta hacía poco poderosos ministros, barriendo las calles de Guatemala. Por último, el esbirro número uno del régimen, Sixto Pérez, comandante de la Guardia Presidencial quien también a su debido tiempo, debía caer en desgracia y morir quemado, aunque por otro motivo un día orinó y defecó en la cara de Solares, haciéndole comer el excremento. El tirano quedaba complacido.

Dije que aquel carro de don Lázaro Parodi, que había sido traído por y para Zelaya, se creía que era el primer automóvil llegado a Nicaragua. Pero yo he leído un relato en el que se asegura que ese honor no le corresponde al mencionado presidente sino a una familia de Rivas que hizo traer su vehículo por San Juan del Sur.

Por aquellos tiempos de mi infancia, el único carro particular que circulaba con frecuencia por las calles de Managua era un Ford de capota, propiedad de Mr. Malcolmson, agente de la compañía naviera Grace Line y de la West India Oil Company. Esta última hacía llegar sus productos en cajas de madera comúnmente llamadas “cajas de gas”. De ellas había que tomar el combustible para los automotores de entonces. El líquido era derramado al interior por un conducto que estos tenían encima de la coraza o trompa. El motor se encendía dándole vueltas a la manivela que pendía por delante de la coraza. A veces, el motor tardaba en responder a los impulsos de la manivela, impacientando a los pasajeros y enfureciendo al chofer.

Conocí, además el único carro de alquiler: el Overland en que muchas veces hice viajes dominicales, huyendo del calor de la ciudad, a Las piedrecitas, con mi tío Max, su esposa y sus hijos. Si había otro, no lo conocí.

A la misa de tropa o misa presidencial, que he descrito en capítulo anterior, comenzó llegando Emiliano en un landó tirado por hermosos caballos, seguido de un cupé coche más pequeño en el que viajaban dos ayudantes militares del Presidente. El landó era el mismo que habían usado para las ceremonias oficiales y para sus paseos dentro de la ciudad los antecesores de Chamorro: José Santos Zelaya, José Madriz, Juan José Estrada y Adolfo Díaz. Más o menos a la mitad de aquel gobierno, los ayudantes abandonaron  el cupé y empezaron a llegar a misa en un pequeño Ford, detrás del landó presidencial. Poco después todo el equipo estaba renovado: El Ford seguía ahora a un carro de lujo, cerrado, con ventanas de cristal. Era éste un Hudson, seguramente el primer automóvil que usaba un presidente nicaragüense en las ceremonias de su cargo.

Para entonces me parece que comenzaban a negar vehículos automotores para el transporte pesado. Emiliano había abierto como ya he dicho las carreteras de Managua a Diriamba y de Managua a Matagalpa. Las distancias se acortaron; pero el café de Carazo siguió viajando a Corinto, desde sus lugares de origen, por el ferrocarril, como venía sucediendo desde los tiempos de Zelaya. No así el de Matagalpa, que ahora abandonaba las pesadas y lentas carretas de bueyes y se instalaba en camiones para viajar a Managua, donde era embarcado en el tren hacia el puerto mencionado. Y si no entonces (1919/1920), fue pocos años después que surgió la Matagalpa Transportation Company, empresa que dio gran impulso al comercio interdepartamental y cuyo propietario y gerente era Herr. Egner, un emprendedor ciudadano de nacionalidad alemana. Este caballero fue el progenitor de Agnes Egner, pudorosa niña, toda cordialidad de excepcional laboriosidad, inteligente, que llegó a ser la primera mujer arquitecto de Nicaragua y es hoy esposa del culto y cordial amigo Coronel G.N. Segundo J. Montoya.

En 1922 vino a Nicaragua el primer aeroplano. El día de su arribo fue de asueto para los alumnos de todos los colegios y escuelas de Managua. Seguramente le fue también para los empleados públicos. El Presidente don Diego Manuel Chamorro encabezaba la muchedumbre que ansiosa esperó durante algunas horas la llegada del milagroso aparato. Era éste de los sobrantes de la primera guerra mundial, que se dispersaban por todas partes, ofreciéndose para las primeras rutas aéreas, como los sobrantes de la segunda guerra, en número mucho mayor, se desparramaron por el mundo, ofreciendo sus servicios para finalidades diversas.

Yo fui aquella tarde ¿era de tarde? A recibir al “glorioso” Enrico Massi, italiano, héroe de la guerra decían y su novedoso aparato. Venía de Costa Rica en un biplano que si aún existe debe ser como curiosidad de museo: una “pipilacha” más endeble que los aerofumigadores de hoy, quizá como el que realiza labores de persecución económica en la película El mundo está loco, loco, loco.

Massi “nos honró” el día siguiente con piruetas en el aire, looping-the loop, etc. Por los cielos de Managua. Hizo lo mismo después, sobre Granada y Masaya y creo que también sobre León. Dicen que volando sobre Masaya se le deslizó su cartera, que fue a caer en manos de quién sabe qué sujeto de aquella ciudad. La leyenda negra que sobre ésta ya se cernía tomó cuerpo entonces. No quisiera decirlo, porque yo soy masayense; pero… estoy relatando hechos, sobre los cuales, inevitablemente, la imaginación popular teje rumores: desde entonces se dijo que al aviador que pasaba volando por allá le sacaban hasta los calcetines como por arte de magia.

Después de Massi vino Venditti, Luigi Venditti, otro italiano. Después, Humberto Pasos Díaz, el primer aviador nicaragüense, quien poco después murió en tierra, mejor dicho, lo mataron en una emboscada cuando navegaba por el Rama o el Escondido, en funciones de Ministro de Gobernación y Delegado del Poder Ejecutivo. La última guerra civil nicaragüense estaba comenzando. Era en el año 1926.

Entre la maraña de mis recuerdos, al pasar revista por los que a mi entender fueron los primeros vehículos automotores llegados a Nicaragua, veo el carro presidencial discurriendo por las polvorientas calles de Managua, rumbo a Las Piedrecitas. Conduce a los dos personajes más sobresalientes del momento. Y surge la anécdota, casi siempre inevitable cuando se trata de gentes de calibre.

El Gral. Chamorro había gobernado con absoluta sencillez republicana. La fastuosidad militar estaba reservada a las grandes festividades religiosas y a las celebraciones patrias.

Un solitario soldado saludaba al presidente presentándole el arma cuando salía y entraba a su residencia. Emiliano iba con frecuencia a visitar a sus amigos, a pie, al atardecer, con la sola compañía de un recio bastón de madera. De vez en cuando, cambiando de rumbo, se perdía en aventuras de amor.

Su sucesor, don Diego Manuel Chamorro, como su tío don Fruto Chamorro, primer presidente de Nicaragua era de los gobernantes que creen que la majestad del poder no es completa si no está rodeada de la pompa militar. Pero por otro lado, era hombre virtuoso, fidelísimo hijo de  la Iglesia y, como tal, exacto cumplidor de sus mandamientos.

Luego de entregar la Presidencia, Emiliano se fue para su hacienda Río Grande, del otro lado del lago de Managua. Allá lo mandó a llamar don Diego un día, para nombrarlo Ministro de Nicaragua en Washington. Le dio las instrucciones del caso y luego lo invitó a hablar a solas, sobre el porvenir del Partido Conservador, para lo cual viajarían a Las Piedrecitas. Al salir ambos a la puerta, Emiliano se quedó estupefacto. Un piquete de soldados presentaba armas a tiempo que el clarín estremecía el aire sosegado de la tarde. Cuando subieron al carro y se pusieron en marcha, Emiliano dijo al presidente su extrañeza por aquel inusitado ceremonial que él, hombre de espada, no había querido para sí. Y esta fue la contestación de Don Diego: Para vos era una necesidad que la Lastenia no supiera a qué horas salías y a qué horas regresabas. Yo no tengo esos problemas con la Lola.  

Bibliografía

La Prensa Literaria Domingo 22 de Septiembre de 1974

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